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30/5/15

EXCLUSIÓN Y FRENTISMO

Destacados dirigentes del PSOE y del PP alzan sus engoladas voces para declararse <no-frentistas>, como si, pese a los sacrificios exigidos, fuera pecado mortal posicionarse contra aquellas ideologías -y sus portadores- que han traído y mantenido la crisis, y provocado una creciente fractura entre honrados-pobres y ricos-sinvergüenzas; y ellos, los alérgicos al frentismo, se erigieran de este modo en la encarnación, plena de pureza, de la conciliación poselectoral y del progreso postraumático.

Cuánta ceguera. O cuánta hipocresía removiéndose en las viejas cáscaras de lo políticamente correcto.

Excluir (esto es, desterrar al corrupto de la vida social y económica dignificando con ello nuestras instituciones, batallar contra la desigualdad en tanto vector unidireccional que impera en las relaciones sociales y, en suma, construir un país justo, equilibrado y solidario), supone la más adecuada de las actitudes en este momento histórico crucial. De hecho, constituye el fundamento vertebrador del nuevo tiempo político que España acaba de estrenar.

El mito de la democracia integradora en lo universal es, aunque cueste creerlo, el postulado sobre el que se asienta el capitalismo salvaje que nos devora mediante crisis expansivas, pobreza estructural y guerras que nunca acaban porque son razias encubiertas. Una democracia que se lo traga todo, se traga también la excrecencia.

Por tanto, en nuestra época la democracia real debe des-integrar. Es decir, librarse de parásitos, emanciparse de la mentira, la demagogia y el cinismo. Se entiende sin violencia, claro está, únicamente con la fuerza de los votos, de la ley y de la honradez de nuestros gestores.

Tal es, a mi parecer, el nítido mensaje del <frente social> conformado a raíz de la crisis, consecuencia directa de ella y probablemente, si no su solución total, al menos el planteamiento que reviste mayor legitimación.

Pero los tibios <no-frentistas>, con sus hiper-medidos discursos eclécticos, prefabricados ad hoc por burócratas de la partitocracia, persisten en hacer cábalas en términos de conservación de cuotas de poder, y se niegan a admitir y, por tanto, a interpretar, que las fuerzas sociales que por fortuna han emergido vienen para quedarse.

No es un problema de pertenencia a castas. No es un encontronazo entre generaciones. Es simple y enfermiza insensibilidad.

2/7/14

SINCERICIDIOS

¿Debemos siempre decir la verdad?

La búsqueda de la verdad definía a Sócrates, el precursor de la filosofía como fuente de conocimiento. Pero fue condenado a beber la cicuta. “La verdad os hará libres” proclamaba Jesucristo en la antigua Judea. Pero murió crucificado. Galileo defendía el movimiento del planeta Tierra alrededor del sol. Pero la Santa Inquisición le obligó a retractarse si no quería morir en la hoguera. 

De estos conocidos ejemplos de personajes históricos se extrae una conclusión evidente: la verdad es molesta porque abre heridas en las creencias establecidas. La verdad no sólo es un dardo que se clava en el corazón del poder imperante, sino un empellón en nuestra susceptibilidad -léase vulnerabilidad- como individuos.

Ahora bien: ¿es la verdad un hecho o una conclusión? ¿Es la verdad lo dado, lo pre-existente, o es en cambio la interpretación prejuiciosa que hacemos de lo dado? 

Pongamos un caso típico: un amigo es engañado por su socio. Éste, de carácter taimado y despilfarrador, está a punto de llevar la empresa a la ruina. Falsea las cuentas y se gasta los beneficios en fiestas y lujos, pero como su apariencia es seductora nuestro amigo, el pobre, no se entera de que su confianza está quebrada. ¿Qué hacer? Probablemente nada nos obstaculizaría decirle a nuestro amigo que tome medidas porque su sustento está en juego.

Ahora maticemos el supuesto. Nuestro amigo tiene un socio ejemplar; quien le engaña es su pareja. Nos consta que todas las semanas se cita con otra persona en un hotel a las afueras. Nos consta que nuestro amigo ignora estos encuentros románticos. ¿Qué hacer? ¿Nos entrometemos en la vida sentimental de nuestro amigo y le advertimos de lo que sabemos o guardamos silencio? Se trata de una verdad poderosa que, tal vez por pura casualidad, ahora está en nuestras manos. ¿Cómo callar, si nuestro amigo nos infunde lástima?

En esencia, no hay diferencias entre ambas situaciones. El engaño es engaño sea cual sea su disfraz y sea cual sea el hecho en que se produce. Sólo nuestro prejuicio distorsiona esa esencia simétrica. 

Entonces, la única solución es considerar previamente lo que nos gustaría que nos dijesen si ese amigo ficticio fuésemos en realidad nosotros. Lo cual nos arroja de bruces al principio: ¿preferimos la verdad, por dura que sea, o la ficción sospechosa aunque acomodada?

Resolvamos la duda: la verdad presupone la capacidad de escuchar y la autocrítica. La verdad implica desechar las ideologías fundamentalistas y las fantasías neuróticas y centrarse en lo real; despegarnos de la oratoria hueca o demagógica y, como contrapartida, observar el resultado de las conductas. Tal vez, al desvelar la verdad, descubramos una verdad mayor: nuestro amigo también roba y engaña a su partener.   

24/6/14

DESAFÍO MESIÁNICO DE LA IZQUIERDA

El PSOE –la socialdemocracia en su conjunto- vive una etapa de profunda confusión. El desafío es definitorio porque, en el contexto de las lealtades volátiles, ha de reconstruir la identidad perdida ante dos fuerzas que han corroído su armazón ideológico: el empuje de los postulados neoliberales y la crisis institucional que atraviesa España como consecuencia de la depresión económica y del descrédito en que ha sucumbido la política tradicional.

Sin embargo, nadie puede negar que sus filas se nutren de corrientes plurales, encarnadas por los tres candidatos protagónicos que disputan la secretaria general, al punto de que cada uno de ellos simboliza tres sensibilidades, tres disyuntivas, casi tres partidos diferentes dentro de unas mismas siglas.

Pedro Sánchez, economista y sex-symbol, es un neoliberal infiltrado; no de otro modo merece calificarse a quien proclama que no se precisa más izquierda y, con ello, apuesta implícitamente por el continuismo. Madina, historiador y víctima de ETA, es la moderación, el centrista que se ha criado en el aparato y que el aparato, ahora, parece abandonar a su suerte. Y Pérez-Tapias, decano de la Facultad de Filosofía de Granada,  es la desconocida y minoritaria voz discordante que, con cierta dosis de realismo, propugna un gran acuerdo entre todas las organizaciones políticas de izquierda.

Pero el debate interno del PSOE no puede ni debe ser personalista, sino de proyectos. En la base de los discursos debería situarse como problema central la necesidad de transformar el modelo productivo. 

De momento no oímos a ninguno de los tres candidatos decir cómo atajarán el problema del desempleo y el más cruel de la pobreza infantil, cómo reconstruirán el dañado Estado del Bienestar o cómo combatirán la esclerosis instalada en la burocracia de la UE.

La razón de esta elocuente ausencia de discurso alternativo responde a lo que podríamos llamar “la maldición de la híper-modernidad”: las ideologías colonizadas por las tesis imperantes del mercado global apenas saben cómo frenar las injusticias en que esa modernidad monstruosa ha degenerado. Así como los individuos aislados somos impotentes para enderezar problemas colectivos, los partidos políticos actuales y los viejos Estados-Nación en los que operan ya no sirven para corregir problemas sistémicos y universales.

Por tanto, ante el desafío enorme al que se enfrenta el PSOE sólo una estrategia puede salvarle de ir decayendo hacia lo puramente testimonial: la renuncia efectiva de quienes ahora están y la formación de nuevos cuadros que defiendan con convicción la democracia externa e interna, la honestidad, el equilibrio entre el individualismo vital y el socialismo productivo y la internacionalización de las soluciones ante los problemas globales. 

¿Difícil? Y tanto. Se trata de un reto descomunal, casi mesiánico, pero necesario. Absolutamente necesario. Es, de hecho, la obligación de la nueva izquierda.


19/6/14

EL JUEGO BONITO

Al inventor del fútbol habría que erigirle un monumento que se viera desde los cuatro puntos cardinales y todos los continentes, porque tal vez ningún otro fenómeno sociológico refleja con tanta fidelidad el estrambote que subyace en la condición humana.

Sabemos que el fútbol moderno es originario de las islas británicas, aunque nadie con un mínimo conocimiento en los avatares históricos puede desdeñar la notable influencia ejercida por los juegos circenses de la antigua Roma, con ese Coliseo lleno de gargantas que pedían más sangre y ese pulgarcito del César de turno decidiendo el destino de los gladiadores esclavos.

Desde finales del siglo XIX -cuando se establecieron las primeras reglas del fútbol- hasta nuestros días –en que han sido adoptadas las tecnologías punteras parta evitar la injusticia del “gol fantasma”-, este deporte de estrellas que, por lo general, no saben hablar, se ha transformado en una cuasi-religión definitivamente compartida por todas las razas y países. 

No hay manifestación deportiva más universal que al mismo tiempo avive mayor festividad nacionalista. No hay otra filosofía más extendida por el orbe porque todo parlante sabe de fútbol y opina. No hay actividad privada legalizada que genere más lucro opaco. Todo buen papá anhela que su hijo alcance la gloria del firmamento futbolístico y le quite de trabajar. El fútbol de élite mueve millones y hay que ser estúpido si no se desea una porción de la tarta.

Dicen los expertos que el fútbol ha perdido romanticismo. Es posible que así sea. Es posible que haya sacrificado su inocencia en la pugna por adaptarse a cada momento histórico, hasta llegar a nuestros días, la era tecnocrática, del mercado global, de la austeridad forzosa y de la multiplicidad de los mass-media. Pero también es posible que el fútbol conserve el infantilismo de sus albores y que seamos  algunos los que hayamos crecido para gritar con verdadera pasión solo uno de cada diez goles. Al fin y al cabo, nada nos libra de madrugar y no merece la pena amargarse la existencia si el campeonato lo ganaron otros.




   


11/6/14

A PROPÓSITO DE SARTRE, EL ESTADO Y LA MALNUTRICIÓN DE LOS NIÑOS

Nos ha gobernado cualquier principio inventado por el ingenio humano, excepto la razón. Por más que resuene a oscuro presagio o a hiriente pesimismo, resulta difícil negar que la historia es un cruel campo de batalla, un desolado paisaje en ruinas. La sensatez no ha impulsado la historia. Sostener otra cosa es tanto como decir que los poderes establecidos se dejan arrancar de buena gana una porción de su impérium.

La historia transmite un legado que exige revisión. Ha llegado el momento de poner en cuestión todo lo testamentado, todo lo viejo, pues se requiere corregirlo en profundidad. Sartre, el pensador de la libertad individual siempre puesta en riesgo por la complejidad del mundo en que se desenvuelve, dejó escrita la idea que nos resume y define: la criatura <hombre> es lo que hace con lo que hicieron de él. Somos herencia recibida y necesidad de mejorarla.

En la obligación de mejorar la situación que nos viene impuesta radica la esencialidad humana. No podemos volver la cara a la historia personal y colectiva que nos precede, porque sus consecuencias van pegadas a nuestra piel. La historia es lo único que aparece ante nuestros ojos como sustancia acabada. 

Pero de ahí se deduce, inexorablemente, que todo lo demás está por construir y que la voz de la experiencia acumulada, aunque sea fundamental para no anquilosar el futuro, no puede ser la que instaure la época que se avecina y que está pidiendo a gritos ocupar su lugar. El tiemplo fluye, las edades nos alcanzan, pero las injusticias siguen siendo, en esencia, exactamente las mismas. Por tanto, detenerse en lo que hay acríticamente es de reaccionarios.

Hay una inmensa tarea por afrontar: re-definir la función del Estado en nuestra existencia. Los Estados democráticos actuales han llegado a ser lo que son renunciando a entrometerse –al menos sobre el papel- en la esfera personalísima de los individuos, erigidos como auténticos sujetos de un elenco de derechos inalienables, así la libertad de expresión y de pensamiento, el derecho a la presunción de inocencia o la libertad religiosa, por poner ejemplos al uso.

Pero el Estado actual se asienta sobre leyes que no protegen el derecho a comer, que es sin duda el derecho cúspide de todos los derechos imaginables. La libertad sin pan se halla a un solo paso de tornarse indignidad y esclavitud.

Una organización política que tolera la malnutrición de los niños por razón de que prevalecen intereses económicos no sólo carece de decencia, sino que está condenada a ser derribaba, si es preciso por la fuerza. ¿Y saben qué? Empiezo a desear que ojalá suceda.  

  

  

3/6/14

EL REY ABDICADO

Negar que el rey Juan Carlos desempeñó un papel crucial en la reciente historia de España es de necios, tanto como no afirmar que en los últimos tiempos él y parte de su familia se habían envuelto por propia responsabilidad en asuntos muy turbios y nada elegantes. Ninguna trayectoria vital carece de sombras, pero habríamos deseado un final distinto de su reinado, aunque abdicara.

Las razones de su renuncia -que debió hacerla ante las Cortes- no deben buscarse sólo en la avanzada edad o el estado de salud. Este país, tras adoptar el régimen constitucional más estable nunca antes conocido, se ha adentrado en una crisis institucional permanente que es producto, todavía, de nuestra escasa cultura democrática, de debates territoriales nunca cerrados –y que, me temo, no se cerrarán del todo-, de políticos corruptos y de nuestro complejo anclaje como potencia media en un contexto internacional que se caracteriza por una Europa en débil y frustrante construcción y por un capitalismo extremo que ha logrado insertarse en nuestra vidas como patrón cultural sin aparente alternativa, pese a ser germen de crecientes desigualdades.

Algunos vivimos la infancia en los estertores de la dictadura y se nos impregnó en la piel su herencia negruzca. Sin embargo, apenas empezábamos a tener uso de razón cuando Franco murió tras su penosa agonía. Hemos crecido, trabajado, amado y sufrido en democracia. Lejos de perderla, queremos profundizar en ella. Así pues, pasar página y dar la bienvenida a una nueva etapa es nuestra obligación. Porque Juan Carlos está en lo cierto: hay otra generación que, aun creciendo en libertad, tiene el futuro gris y reclama con legitimidad su espacio y su pan.

Esto se traducirá en un período constituyente más o menos intenso. La crítica al bipartidismo –es decir, la crítica al sistema en sí- se hará más aún visible y justificada si no se dan las respuestas adecuadas a los debates vigentes: desde el modelo productivo y el reparto de la riqueza, al papel del Estado como garante de derechos sociales inalienables; desde la selección de los futuros gobernantes a la educación que se imparte en las escuelas. Podríamos empezar enseñando que la vida es dura. Podríamos enseñar que hay que pugnar cada día por no hacer de ella un suplicio por culpa de nuestra estupidez o de la execrable ambición ajena.

La Monarquía Parlamentaria, que es mucho más que un rey en la cúspide que reina sin gobernar, se halla ante un desafío de primer orden: de nada valen cetros y tronos si el desempleo y sus terribles consecuencias no se aplacan. Ignoro si Felipe VI afrontará los cambios con destreza, pero estoy convencido de que no le corresponde a él pilotarlos por entero. Deberá ganar otra vez para la Corona la legitimidad popular dañada, pero son nuestros representantes libremente elegidos los llamados en primer lugar a estar a la altura de los tiempos. Han hartado a amplias capas de la ciudadanía con sus veleidades. Nos han obligado a creer en la desconfianza. Ni los que están ni los que vendrán pueden abdicar de su responsabilidad histórica. No son inmunes. Su mandato nos pertenece.


27/5/14

EL CLUB DE LOS PERDEDORES

Parecían anodinas y sin embargo las elecciones al parlamento europeo han traído una auténtica conmoción. La política se ha distanciado tanto del sentir cotidiano de la ciudadanía que millones de votos emigran a opciones divergentes del status quo. Porque se trata de eso: ha empezado a mostrar su fuerza el proceso de des-identificación con los partidos políticos tradicionales. Se diría que para Europa, incluso con sus peligrosos fantasmas reaccionarios a cuestas, la política del siglo XXI comienza ahora.

Aunque los resultados no son automáticamente extrapolables a las citas electorales internas, sin duda marcan tendencia. Y la tendencia se forma con dos frentes: de un lado el colapso del PP y del PSOE –menos acentuado en el partido gobernante pero igual de efectivo- y de otro la canalización de la frustración mediante la entrega de la confianza (y la esperanza) a formaciones ideológicas que, sintomáticamente, han renunciado a llevar la palabra “partido” en sus siglas. Más democracia es posible, pero en su esencia –una persona: un voto- el sistema ha funcionado con saludable legitimidad.

La cuestión es: ¿acaso era realista que las élites políticas actuales aguardaran otra cosa distinta del fracaso? ¿Era probable detener la caída libre del PSOE a pesar de la irreductible Andalucía? ¿Era sensato que Rajoy se cobrara otro cheque en blanco tras la dura política de recortes, aderezada de puro ideologicismo, puesta en práctica desde que el PP llegó al Gobierno? ¿En IU creían que a su izquierda no había nada?

Nada de eso era previsible, sino todo lo contrario: la ciudadanía parece haber entrado, al fin, en la senda de la madurez y harta de corrupción, privilegios de casta y prepotencia -uno de cada cinco españoles vive por debajo del umbral de pobreza- ha castigado a quienes todo lo reforman para ir a peor. Más democracia es posible, pero no más sentido común.  

El resultado de toda convulsión es la apertura de un ciclo que va desde la des-vertebración de lo conocido hasta la aparición de nuevos andamiajes vertebradores. Es pronto para valorar las implicaciones totales de este ciclo innovador, pero nadie con una mínima visión de futuro puede negar que nos hallamos inmersos en él. Inauguramos otro tiempo. Lo viejo ya no atrae. En realidad lo viejo, en política, se percibe como dañino. Han caducado las lealtades ciegas y sin rendición de cuentas.

En un mundo complejo donde el trabajo es un lujo y la política ejercicio de cinismo a los pies de los lobbies financieros que operan sin escrúpulos, las personas se erigen en dueñas absolutas de su voto y, por tanto, se desapegan, se divorcian y reinventan identidades. Más democracia es posible, pero no más libertad de elección. La rebeldía, poco a poco, abandona el club de los perdedores.        




8/4/14

MI TABLET

Más por veleidad y capricho que por necesidad, hace unas cuantas semanas adquirí una tablet, ya saben, uno de esos dispositivos digitales que uno no sabe muy bien si es un teléfono móvil, un ordenador portátil o un engendro de ambos.

Esperé con firme decisión a las rebajas de enero, ese festín del consumo, porque no estaba dispuesto a rebasar la cifra límite que previamente había acordado con mi almohada tras largas deliberaciones. Aun así el precio me pareció excesivo, por lo que solicité con vergonzosos ruegos, y obtuve amablemente, financiar su adquisición en seis cómodos plazos. En ello estoy: pagando.

La razón por la que hago alusión a mi tablet es porque deseo dejar constancia de la utilidad que me está reportando. En tal sentido, ahora que ya he probado la maquinita puedo afirmar con conocimiento de causa que, en una escala de cero a diez, la puntuó con un nueve altito.

Que nadie piense que hago apología de las tablets ni, en general, de cualquier otro artilugio relacionado con el espectacular avance –y lo que queda por venir- de la tecnología de la información. Conozco a personas que viven tranquilamente sin móviles, mandos a distancia o televisores en tres dimensiones. Cierto que no son muchas, pero alguna hay.

Así pues, no es mi intención incurrir en la necia propaganda. Sólo ofrezco testimonio de que mi tablet es un invento genial. Y no lo digo por su diseño. Su pantalla táctil de nueve pulgadas raspadas apenas merece elogio. De hecho, de tanto pasar los dedos de un lado a otro, y pese a la protección adicional de fino y adherente plástico que hube de colocarle, ha acumulado una ligera capa de grasa que según la perspectiva desde la que mire puede suponer una invitación a replantearme seriamente mis hábitos de higiene.

Tampoco sería justo proclamar que el sonido de mi tablet enerva los sentidos. En absoluto. Para un sibarita de los ruidos, como en tal me tengo, cualquier altavoz que no facilite el embeleso del oyente merece ser calificado de pura bazofia. Más o menos por ahí anda mi tablet en cuanto a servicio de megafonía.

Aquellos que hayan llevado la lectura de este texto hasta el preciso punto en que me hallo, puede preguntarse, con razón, si no será que me han timado o si soy un completo analfabeto funcional en materia de dispositivos digitales. Responderé con orgullo que de todo hay en este huerto sin vallar.

Y añadiré gustoso que la verdadera utilidad de mi tablet emerge de su aparente ineficiencia cuando me encuentro en el hogar. Allí, en la soledad del lecho, en la humeante cocina, en el salón desvanecido por el silencio, mi tablet se conecta automáticamente al wifi (otro día, si fuera menester, explicaré qué es esto) y entonces acontece el milagro de la intercomunicación privada y privatizante, y asciendo feliz a los cielos, porque puedo ver los documentales que más me gustan cuándo y cómo me da la gana. A la carta, como si dijéramos. He aquí el secreto: cada vez somos más libres a la hora de escoger programas de televisión. 

Yeeeeppppaaa.             

15/1/14

POR AMOR

¿Han digerido las mujeres el nuevo signo de los tiempos? ¿O, por el contrario, son las primeras víctimas del frenesí igualitario que, en el fondo, en muy poco las ha igualado al hombre? ¿Qué hacen ellas por practicar de forma auténtica y responsable la equiparación de derechos?
  
Me suscita estos interrogantes haber oído de los letrados de la Infanta Cristina que no es culpable porque todo lo hizo –o dejó de hacer- debido al amor incondicional que siente hacia su esposo.

Esta línea de defensa resulta propicia en dos supuestos: cuando la mujer es verdaderamente inocente de los ilícitos penales que haya perpetrado su pareja porque desconocía sus andanzas; o cuando ella es tan culpable como él pero busca afanosamente una coartada.

Por supuesto está la zona gris, ocupada por el papel que la tradición asignaba al prototipo de mujer, digamos, crédula-romántica: capaz de incurrir en la candidez descrita en el primer supuesto no por causa de su confianza quebrada, sino porque sigue siendo una niña de teta que sustituye a padre por marido (cuánto escribió Freud acerca de este reemplazo), y se apresta a una vida cómoda y delegante en los dictados, más o menos explícitos, del macho con quien comparte lecho y viajes.

Carecemos de los elementos de juicio necesarios para encuadrar a la Infanta Cristina es uno de esos moldes. Pero me temo que recurrir al amor como patente de corso indica que algo no va bien en sus asuntos, sean los emocionales o los concernientes a su hacienda. ¿O acaso una mujer moderna, independiente, no-idiota, se hallaría realizada en alguno de esos moldes si todos ellos, sin excepción, son causantes de daño?

Dejemos a un lado las consecuencias procesales de su alegato en el supuesto de que sea finalmente juzgada. (Apuntemos con brevedad que camina en la dirección de que el señor Urdangarín se coma todo el marrón). Centrémonos, tan solo, en el mensaje que la Infanta ha transmitido a las mujeres de su generación y de las venideras: puedes vivir a cuerpo de rey (la expresión –lo sé- es desafortunada) sin preocuparte del origen de la pasta que gastas aunque tu familia bordee la legalidad penal. Si te pillan siempre podrás argüir que eras figura decorativa. Mujer florero. Pura nulidad como mujer y persona.

Las crisis no traen nada bueno, salvo dos cosas: dejan al descubierto nuestras vergüenzas y amoralidades, y nos obligan a tratar de corregirlas con esfuerzo, otra mentalidad y otra escala de valores.

Sugiero empezar no tomando en vano nada en nombre del amor. Procurar que el amor no sea un pretexto, una verdad a medias o una mentira descomunal.

Me consta que esto suena tan candoroso como la explicación balbuceante de la mujer cuyo patrimonio se evaporó porque firmaba cualquier papelote que su marido le ponía por delante. Sin embargo mi sugerencia es que empecemos por renovar la idea de “confianza”, elemento nuclear en todo contacto humano. Pues si el señor Urdangarín es, a la postre, el único condenado, nadie podrá fiarse de él en adelante. Ergo, nadie podrá amarlo con sinceridad. Toda relación amorosa agoniza hasta morir cuando la confianza está desaparecida.

Así pues, la verosimilitud de una excusa absolutoria como la que aducen los letrados de la Infanta Cristina se pondrá a prueba mediante la ruptura de la pareja. Y me detengo aquí: no quiero tomar la deriva de los tabloides, aunque el escándalo esté servido.      



17/12/13

EL SEÑOR ALLEN, OTRA VEZ

Algunos renegamos a conciencia de la imparcialidad cuando se trata del señor Woody Allen, y, con todo respeto a sus detractores, consideramos que los calificativos desdeñosos con que suelen dardear sus películas se quedan cortos. El señor Allen no es neurótico, ni excéntrico, ni genio. Es todo esto a la vez. Más o menos como en algún grado lo somos todos nosotros.

Hace unas semanas se ha estrenado en España Blue Jassmine, su última producción. Una obra maestra que nos ilustra con absoluta naturalidad –es decir, con toda su carga trágica- las tribulaciones de una mujer casada con un millonario que vivía en una burbuja de cristal, sin querer enterarse de nada, hasta que la crisis económica se une a una crisis familiar y se ve obligada a morder el polvo. 

Pero la protagonista –encarnada por la actriz Kate Blanchet, cuya deslumbrante interpretación merece la nominación al Oscar- parece resistirse a aprender. O mejor: pese a sus esfuerzos, cae de nuevo en la trampa porque su vida es un cóctel letal de remordimientos (errores del pasado que nos persiguen sin tregua), pérdidas irreparables y absurdos afanes burgueses. 

Morder el polvo hasta que los dientes se enternezcan; caerse de boca del pedestal y ser engullido por el vacío, estar atrapado de repente en el síndrome del ángel derribado a balazos son manifestaciones reales de nuestro modelo de existencia, basado en la comodidad materialista, en la estafa perpetrada contra los valores básicos y en la ausencia de humildad y de capacidad de resiliencia. Puro narcisismo.

Hay gente que ha vivido –y vive- de puta madre a costa de los demás. El señor Allen aborda este asunto planteándose qué pasaría si el castillo de naipes se derrumbara. Lo hace desde una perspectiva fría, desapasionada, apenas cruel, tan extraída de lo cotidiano como el hecho mismo de respirar.

Ahora bien: el señor Allen dirige un enorme torpedo contra las mujeres –abundantes, según parece- que renuncian a sus esperanzas más íntimas en beneficio de una vida plena de ignorancia, lujos y mentiras. El desconcertante final de la película debería disuadirlas de tomar ese atajo.

El señor Allen no nos ofrece las soluciones vitales servidas en bandeja de plata. Y no se debe a que no las haya. Se debe a que exige del espectador una toma de conciencia que perfore la aparente banalidad de la historia que se narra en la pantalla. Exige del espectador que esté atento a las conductas desequilibradas de los personajes y a sus reacciones emotivas. Esta gimnasia es la única manera de mentalizarse de que dios nos abandonó hace tiempo y que buena parte de nuestro dolor existencial nos lo hemos buscado. 

El señor Allen es así de aguafiestas. Bravo por el señor Allen. 

    




11/12/13

CACHÉAME, TONTO

Contemos batallitas. Mi primer caso como abogado, hace veinte años, consistió en defender a un enfermero a quien los vigilantes jurados de un centro comercial habían retenido contra su voluntad durante dos horas en una habitación cerrada.

El sistema electrónico de detección de objetos situado en la línea de caja había emitido erróneamente la señal de alarma, pero los vigilantes dieron por sentado que mi cliente era un ladrón. Lo registraron, obligaron a desnudarse el torso y no se dieron por vencidos hasta que, preso de un ataque de nervios, les amenazó con denunciarlos. Y eso hizo tras recuperar la libertad. El fiscal consideró que la conducta de aquellos vigilantes privados podría considerarse detención ilegal, es decir, secuestro.

El Gobierno, con los votos favorables de los nacionalistas catalanes y vascos, prepara una reforma legal que volcará el régimen jurídico que hoy se aplica al sector de la seguridad privada. Según el texto que llevará a las Cortes para su aprobación, los vigilantes jurados serán autorizados para realizar identificaciones y detenciones en las vías públicas. Como fundamento de esta enorme modificación legislativa se apela a que la ciudadanía así lo demanda.

La primera impresión que me sacude al leer esta noticia es que el proyecto de reforma podría incurrir en inconstitucionalidad, al menos de modo parcial. Nuestra Constitución regula pormenorizadamente el régimen jurídico de la detención de personas sospechosas de perpetrar delitos y de manera implícita reserva esta tarea básica, como regla general, a los agentes que integran las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Por tanto, la traslación de tales potestades públicas al sector privado no parece hallar acomodo en las previsiones de nuestra ley de leyes.

La segunda impresión que tengo es que el Gobierno da muestras inequívocas de tener miedo. Y cuando tenemos miedo no sabemos pensar, la mente cava una trinchera y confundimos las prioridades. La ciudadanía no está pidiendo más seguridad en las calles. Para lo que está cayendo, las calles se mantienen en un más que razonable grado de tranquilidad. La ciudadanía pide la encarcelación de los corruptos, trabajo digno (también para los vigilantes privados), la suspensión de los desahucios y que la loca de Merckel y sus testaferros dejen de atarnos sogas al cuello.  

La tercera impresión que me anima a dar testimonio de mi particular asombro es que la potenciación del sector privado en materia tan sensible como el orden público se llevará a efecto, por fuerza, en detrimento de la policía de toda la vida. Y esto no parece saludable en democracia. 

Si de verdad hay que velar por la seguridad, convóquense más plazas de agentes de policías, inspectores, comisarios, jueces y fiscales con el dinero que han robado los auténticos maleantes. Pero no entreguemos nuestra libertad a los mismos holdings podridos de pasta que han causado esta crisis brutal. Cachear al corrupto hasta que cante seguidillas en arameo: esto es lo que hace falta como el pan nuestro de cada día.   

       

6/12/13

CON Z DE ZOMBI

Hace unos días vi la película <Guerra Mundial Z> que protagoniza el versátil actor Brad Pitt. El film, extracto de la novela de Max Brooks, nos sitúa en el inicio de un moderno apocalipsis. Debido a la contaminación, las hambrunas y las guerras germina un virus inexplicable que se extiende como una plaga por todo el planeta. La persona infestada se transforma en un zombi, que, a base de mordeduras rabiosas, contagia la extraña cepa en apenas unos segundos.

Mientras el virus caza violentamente nuevos huéspedes donde alojarse y sobrevivir, la población sana mengua hasta el borde de la extinción. Cunden el caos, el pillaje, el pánico. Ante el vacío absoluto de autoridad civil, un ex funcionario de la ONU, que ha logrado milagrosamente poner a salvo a su familia, lo abandona todo en misión suicida y se lanza en pos de un antídoto que parece imposible de hallar. De hecho, no existe.

Se trata de una película impresionante; nada que ver con las anteriores producciones gore del género, insoportables -por repulsivas- para mi gusto. Aquí hay argumento creíble, desarrollo creíble, desenlace creíble. Puro realismo de anticipación que no precisa de escenas morbosas.

Hollywood invierte grandes sumas en producir metrajes sobre hecatombes. Suelen ser provechosos en taquilla. Los de mi generación aún recordamos películas épicas como El coloso en llamas, Terremoto o, más recientemente, Titanic. La diferencia radica en que ahora el estado de impotencia se ha trasladado rápidamente al orbe entero. Nadie está a salvo de la pandemia. Ignorante e inerme ante una inesperada y desconocida amenaza global, la humanidad se ve forzada a empezar de nuevo.

La idea, no obstante, no es del todo original. Otras películas anteriores (Metrópolis, Soy leyenda, Hijos de los hombres o la inefable La carretera) abordan idéntico asunto desde distintos ángulos: el hecho de que nuestra conducta insensata e insensibilizada, nuestros prejuicios y egoísmos, son los factores que nos abocan a la angustiosa circunstancia de malvivir en un mundo destrozado, inhumano, cercano a la catástrofe irresoluble. Por fortuna, en todos estos títulos el mensaje final viene adornado con una dosis de esperanza.

Pero ¿qué ocurriría si mañana, yendo a trabajar en su automóvil, una criatura con forma humana, aunque enferma y abyecta hasta el paroxismo, atravesara con su cabeza el vidrio del parabrisas y le mordisqueara ferozmente las venas hasta convertirle en zombi? ¿De qué nos servirían los lujos, los amantes clandestinos, las guarderías, los hoteles, las fábricas, las hipotecas, los campos de golf,  los cargos políticos?

Resulta inimaginable que esta calamidad suceda y sin embargo se diría que nuestra imaginación rompe amarras y olisquea el drama que se cierne implacable sobre el horizonte, engrandeciéndolo, pero al mismo tiempo haciendo de él ficción con el fin de sosegar el miedo latente que nos paraliza cada día. En realidad, no hace falta ninguna metamorfosis caníbal para comprender que la deshumanización nos viene de largo. Es el virus que transmitimos sin cesar.    


15/10/13

IMPOSIBLE HALLAR UN TÍTULO


LA COBARDÍA Y LA VIDA POR DELANTE. No mires atrás si en el momento álgido de la pelea decides abandonar.

LIENZOS Y SENTIMIENTOS. La puesta en práctica del mandamiento <Ama a tu prójimo como a ti mismo> es mucho más ardua de lo que parece. Esta dificultad se debe a que es más fácil pensar un cuadro que pintarlo.

TELMA. No tengo hijos, pero comprendo el dolor de quienes lo tienen en las actuales circunstancias y no le pueden dar una vida mejor. Mi gata, Telma, vive con más bienestar que muchos seres humanos. En mi hogar también hay duras contradicciones.

PÉTALOS SIN ARISTAS. Cuando regales una flor, procura que tus manos no sean un desierto. Toda flor es un trozo de vida, pero es también símbolo de la hermosura y de la delicadeza. Debe merecer la pena si la arrancas del tallo para expresar una emoción.  

QUIEN PUEDE, QUIEN QUIERE. Hace daño hasta morir el que puede y quiere hacerlo. Ese es el verdadero hijo de la gran puta. Que la compasión no nuble tu sentencia: dejarlo vivir hasta que sea legítima tu defensa.

PANORÁMICA FUGAZ DEL POSMODERNISMO. Me conecto a Facebook. Como si un zoco interplanetario se tratara, en la sección de enlaces se entremezclan: la petición de un donativo de una oenegé que asiste a niños españoles de familias sin recursos debido a la crisis, el reclamo para que me una al chat de solteros que buscan pareja o sexo y, finalmente, el último modelo de móvil de la marca X. Me desconecto. Tragar toda esa disparidad me resulta imposible.

PALABRA DE CONDENADO. Cuidado con la justicia que proviene de un estallido de conciencia. Cuando eres reo en tales circunstancias, no hallarás peor juez para tu causa que tú mismo. Y sin embargo, ese estallido será imposible de evitar, al menos una vez en la vida. Intenta que no sea demasiado tarde. Palabra de condenado.

LA LLAMADA SALVADORA. Me atasco escribiendo este texto. Entonces recibo una llamada telefónica de mi amigo Zorrocloco. Ambos somos cuarentones. A mí me operan el próximo lunes: debo poner fin a ciertos atascos en la piel. Él ya tiene cita con el cirujano. Su vesícula da síntomas de envejecimiento. Es grato reírse de la realidad con una persona de tu entera confianza.

IMPOSIBLE HALLAR TÍTULO. A veces resulta imposible hallar títulos para determinados textos. Este es un ejemplo. Cuando tal agonía sucede, lo más adecuado es retirarse discretamente. Dejar de teclear. Salir del escenario. Regresar al silencio sin morir todavía. Encender la lumbre de una vela aromática. Oír música. Afeitarte. Entregarte al sueño. Y antes de quedar dormido, recordar que la genialidad es un estado transitorio que fenece tan pronto se agotan las palabras. Y algunos no poseemos otra cosa. (Es mentira, por supuesto). 


     
      


9/10/13

MI SMART-PHONE

No aconsejo leer este texto. Nada hay en él que incite a la alegría, aunque para ser totalmente sincero he de añadir que, tan pronto escribo la frase inicial, mi rostro esboza una sonrisa espontánea. Como la deje ir, se tornará carcajada.

He pasado toda la tarde de hoy montado en el coche yendo de un lado para otro, visitando tiendas de telefonía móvil. Hace poco me hurtaron mi smart-phone, ya saben, uno de esos móviles inteligentes con pantalla digital y cientos de aplicaciones que te permiten acceder a internet o redes sociales. Poco antes había extraviado el que todavía estoy pagando a la compañía operadora. En apenas un mes, dos de esos cacharritos volaron de mis manos.

Las tiendas especializadas me han permitido reponer el inmenso vacío que dejaron sus díscolos hermanos. Que en gloria estén, los pobrecitos, tan lejos de su legítimo dueño. Uno de ellos era especialmente gracioso. Venía dotado con una aplicación de registro de voz. Podías hablarle; él te contestaba. Probando el invento le llamé “Cabrón”. Contestó preguntándome si tenía un mal día. Prometo por mi honor que es cierto lo que cuento. Hay testigos.

Como el que se acostumbra al progreso detesta retroceder, el nuevo terminal que me disponía a adquirir debía igualar en prestaciones y servicios al más moderno de los que había perdido. Y esto implica asesorarse. Heme aquí enganchado a los foros y blogs de internet cuyo tema estrella es el pujante mercado de la telefonía móvil.

Que si pantallas Súperamoled, que si procesador de un solo núcleo con sistema Android 4.1 “Ice Cream Sándwich “, que al parecer ya cayó en la obsolescencia, o dos núcleos con nosecuántos gigabayts de memoria RAM, tarjeta SD incorporada y actualización remota del último procesador Android “4.3 Jelly Beam”…

Un auténtico mareo y una buena pasta: eso cuesta un móvil de gama media-baja. Al final me he decidido por una marca puntera que hace sombra al gigante Apple. A mi lado reposa, sobre la mesa, cargando la batería mientras escribo. No va mal el aparatito. Qué monada. Hasta me deleita su color azulado. Es elegante. Tiene estilo. Cuando deslizo la yema de mis dedos por las pantallas siento una sensación cercana al placer. Hasta dispone de auriculares de botón para escuchar tu música preferida en plena intimidad. Lo miro y se me cae la baba de satisfacción. Ea, ya tengo otro smart-phone diferente, nuevo, enterito para mí.

Y sin embargo, mientras introduzco mis datos, me doy cuenta de que siempre llamo a todos mis móviles de la misma manera. Siempre escojo idéntico nombre. No es el que reza en mi partida de nacimiento. Es el de un personaje de “Hamlet”. Aquel que nunca fue amigo del atribulado príncipe de Dinamarca, salvo en el lecho de muerte compartida.

¿Moraleja? El consumidor busca satisfacer una necesidad, real o ficticia. Tan pronto la colma surge otra necesidad. Y cuando el carrusel de necesidades parece alcanzar su cenit, aparece la definitiva: construir una identidad. Y ahora hagamos la pregunta que borra todo atisbo de sonrisa: ¿con qué cosas, valores, ideas, nos estamos identificando? Los objetos que poseemos son nuestros espejos. Los objetos de los que carecemos definen nuestros anhelos y rechazos. A la simbiosis de ambos factores le denominamos “realidad”.          


18/9/13

DESPIERTA DE UNA VEZ

No puedo ser neutral. Hace tiempo que sigo a conciencia la carrera artística de Bunbury. Ninguna de sus canciones me deja indiferente. Escasean los autores que se reinventan a sí mismos, desafiando las reglas establecidas por la industria y las modas, pero sin perder su identidad musical. O mejor, sin cejar en el esfuerzo de construirla, de hallarla, pese a las crisis personales. Bunbury las ha tenido y muy profundas.

Ahora se anuncia un nuevo trabajo, “Palosanto”, un disco que se presume ambicioso a juzgar por su extensión. Advertencia de experto (sonrisa sin malicia): cuando Bunbury se extiende es que detrás de cada verso y de cada acorde hay mensaje.

Aunque con letra aparentemente sencilla, el primer single nos arroja a la cara mucho, mucho mensaje. Además, “Despierta” –tal en su título rotundo- ya no podría entenderse sin la cámara magistral de Alexis Morante. El cineasta nos ofrece una visión inédita de su Algeciras natal, centro neurálgico de la catástrofe que despertará a sus moradores obligándoles a ponerse a salvo: el mar se ha secado, el cielo oscurecido, el aire arde y platillos volantes acechan. Pero no todos lo logran. Sólo un  puñado alcanza la pequeña barcaza de pabellón indefinido y rotulada con la leyenda “Dios es amor” que los llevará lejos, fuera de este mundo.

Porque este mundo está pudriéndose y hay que irse. Niños abandonados y tediosos parroquianos de un polvoriento bar portuario salen del letargo cuando cuatro buceadores apocalípticos hacen astillas, con arpones y anclas, las pantallas de los televisores que transmiten, como una letanía mortífera, los discursos inútiles que los gobernantes y poderosos del planeta repiten una y otra vez, mientras el mundo se pudre. Como anticipo de la catarsis, Bunbury, nada más iniciarse el relato, toma un bate de béisbol y pulveriza la imagen de Rajoy, nuestro presidente. Es el primero que cae.

Acérquense al video. Acérquense a la canción. Les aseguro que, a poco a que abran sus conciencias, se acercarán a sí mismos. “Hoy te sientes distinto porque eres distinto”, canta Bunbury. “No importa qué digan. Si no es alimento, que se lo lleve el viento”. Hasta el párroco subido al campanario de una fantasmal Iglesia de la Palma -protagonizado por el actor Bueno Belloti, también nacido en Algeciras-, decide trocar sotana por neopreno de hombre-rana, color sangre de Cristo. Porque este mundo se pudre y hay que huir.

Pero no podemos huir. Por el momento no hay otros mundos habitables. Lo que Bunbury nos propone va más allá de una modificación estratégica o de una mutación meramente intelectual. Quien vea las imágenes, se adentre en la canción y se quede en eso no habrá entendido nada. El mundo se pudre, parece el infierno. De hecho, nunca fue un edén. Cuanto podemos hacer, lo realmente decisivo, es cambiar nuestro espíritu, despertar, renacer cuando todavía no todo es ceniza.

Si la narración les suena a tono bíblico, están en lo cierto. En el Antiguo Testamento y los textos de la Torah hebrea se narra algo parecido: el cuentecito del diluvio universal y el arca de Noé. La historia del ser humano es reiterativa hasta el hartazgo. ¿Comprenden ahora el mensaje de esperanza? Tal vez sea posible rectificar las líneas de las manos.     
       

    

18/6/13

GUSANOS EN EL ALMA

En todo ser humano hay una parte detestable formada por su egoísmo, su afán de poder y su incapacidad para establecer relaciones maduras con los demás en el sentido de estar guiadas por algo más profundo y valioso que los meros intereses subjetivos o el estatus alcanzado.

Cada uno de nosotros puede trasladar a la sociedad estas pulsiones contrarias a la vida en paz. El asunto no tiene importancia, salvo por el hecho de que la sociedad es, inevitablemente, el espacio que construimos entre todos para que todos cohabitemos. Esa cohabitación resulta imposible si carecemos de empatía. Carecer de empatía nos conduce directamente a la enfermedad mental.

En sus insaciables deseos de obtener el máximo beneficio con el mínimo coste, los líderes de la patronal española, de un tiempo acá, vienen proponiendo medidas que merecen cualquier calificativo, menos el de empáticas. Por tanto, son propuestas de una organización enferma. Entre ellas se encuentra la de reducir el permiso laboral por fallecimiento de familiares aduciendo que, cuando se llevó a la ley, los viajes se hacían en diligencias tiradas por caballos.

He dicho bien y lo repito: una organización enferma. Como todas las instituciones democráticas de las que nos habíamos dotado hace treinta y pocos años. ¿Pruebas? Su anterior dirigente duerme en la cárcel acusado de gravísimos delitos económicos y la cúpula actual está ciega, borracha, de neoliberalismo.com.

¿Qué es el neoliberalismo? Una doctrina económica que, entre otras lindezas, concibe al trabajador como un engranaje más de la cadena productiva, otro frío factor de producción que se agrega a la inversión en bienes, publicidad y estrategias comerciales. En el imaginario del liberalismo extremo, el trabajador queda reducido a la condición de “cosa”; en cuanto tal, se da por sabido que ni siente ni padece. Ni siquiera tiene derecho a una interrupción de su obligación de trabajar, que, además, en la norma vigente es más breve que la merecida: la muerte de un familiar genera mucha angustia vital.

La perversa crisis que atravesamos provoca suicidios y pobreza, pero también está retratando el perfil psicológico de cada uno de nosotros. Blanco sobre negro, aparecen cristalinas las neuras y psicopatías que a cada cual aquejan. La de la patronal española es fácil de diagnosticar: avaricia desmedida, deshumanización.

Con todo, lo peor no es que un alto dirigente de la CEOE haya lanzado una propuesta tan cínica (por justificarla a propósito del absentismo laboral) e inhumana (por no respetar el dolor inherente a la muerte). Lo peor es que habrá trabajadores, tan enfermos como quienes les mandan, que serán capaces de aplaudirla y secundarla.  

O tal vez no. Tal vez llegue el día en que los trabajadores se aperciban hasta los huesos de que su fuerza de trabajo, sea física o intelectual, es lo único de que disponen para vivir con dignidad, y que como bien más preciado esa fuerza debería estar protegida con los derechos más inalienables que puedan imaginarse.

Tal vez llegue el día en que se den cuenta de que esta cuestión trasciende los estrechos márgenes ideologizados de las derechas o las izquierdas, para entrar de lleno en la pura supervivencia. Mientras tanto, sugiramos a los líderes de la patronal que se hagan mirar los gusanos que les corroen el alma. No basta con pedir disculpas a posteriori cuando uno está tan jodidamente loco.

12/6/13

EL MURO DE ALICE MILLER

En el año 1979 sucedieron muchas cosas, pero hubo dos hechos culturales de notable importancia que, en apariencia, estaban desconectados entre sí. Hago mención a la primera edición del libro “El drama del niño dotado”, de la psicóloga suiza Alice Miller, ya fallecida, y a la grabación de “El Muro”, tal vez el trabajo cenital del grupo de rock sinfónico Pink Floyd.

Miller, en su juventud, empezó como psicoanalista freudiana, pero más tarde criticó con dureza al precursor de la psiquiatría moderna. Puso el énfasis en que las raíces de la violencia, la depresión, el narcisismo, el egoísmo y las adicciones pueden y deben encontrarse en la educación (=tutela) recibida cuando éramos niños.

En toda su obra se acentúa el papel esencial desempeñado por los progenitores. Pero lo cierto es que su demoledor mensaje, en línea con otros psicólogos que superaron a Freud, trasciende del ámbito doméstico para alcanzar de lleno a la sociedad entera, de la que la familia no es más que una especie de agencia de sus valores, prerrogativas y prejuicios.

Según Miller, coexistimos atrapados en todo un sistema de “pedagogía negra” transmitido de generación en generación al servicio de que ninguno de nosotros encuentre con facilidad nuestro “verdadero yo”, esto es, el acceso a las necesidades reales y sentimientos auténticos. Y sentencia: “Todo ser humano tiene en su interior un cuartito, más o menos oculto a su mirada, en el que guarda las tramoyas del drama de su infancia.”

¿Qué relación guardan las investigaciones de Alice Miller sobre maltrato infantil con “El Muro”, de Pink Floyd? La primera vez que oí esta maravilla musical fue al visionar la película que, basada en el álbum del grupo de rock británico, se estrenó en 1982 rodeada del mayor escándalo. Pero tenía yo 17 años y la cautivación que me suscitaron las melodías y las imágenes apenas traspasó el grueso velo que el diletantismo teje ante nuestros ojos con la más sutil de las tiranías.

Décadas después cayó en mis manos “El drama del niño dotado” y sólo entonces pude comprender (captar) el vínculo que anuda la tortuosa vida del protagonista de “El Muro” con un hecho trágico que ya no admite discusión: basta una situación temprana de carencia afectiva para que nuestra genuina identidad sufra una desviación peligrosa y, en consecuencia, seamos incapaces no ya de sentir empatía por los demás, sino de conocernos, amarnos y respetarnos a nosotros mismos tal cual somos.

Esas raíces quebradas reciben un nombre fantasmagórico heredado del léxico freudiano: neurosis. Probablemente, el término no expresa su significado más profundo, pues describe una enfermedad fisiológica cuando en realidad pretende aludir a conductas asociales, manipuladoras, irresponsables, obsesivas, egolátricas o maltratadoras. En suma, enajenadas. Esas raíces crecen en el inconsciente, cuyo primer y más hondo eslabón es la infancia.   

Desconocemos si Miller murió haciendo las paces con su niñez. Algunas voces, quizá con motivo, la tacharon de reduccionista y resabiada por pervertir el cuarto mandamiento. Pero los muros existen. Son invisibles porque carecen de ladrillos. El material que los forja, desde que somos pequeños, son las emociones. Y en razón de ellas todos somos, al menos un poquito, niños dotados.

    


5/6/13

FROMM, EL VISIONARIO

Un libro puede cambiar vidas. En 1968 el psicoanalista alemán Erich Fromm publicó uno de título sugestivo, como todos los suyos: “La revolución de la esperanza”. La obra fue escrita a propósito de su apoyo a la nominación del senador demócrata Eugene McCarthy en la disputa electoral contra Richard Nixon, quien finalmente ganó las elecciones y se convirtió en presidente de los EE.UU.

Pero más allá de la implicación explícita de Erich Fromm frente a la intervención militar en Vietnam, la Guerra Fría, la amenaza permanente del holocausto nuclear y el comunismo recalcitrante que practicaba la extinta Unión Soviética –“capitalismo de Estado”, le llamaba con atinado criterio-, el libro nos deja un aroma a cruda, crudísima, premonición. Tanto, que parece describir el tiempo presente, nuestra actualidad más cercana y gris.

Un ejercicio intelectual de esta envergadura sólo pueden hacerlo unos cuantos elegidos, precisamente aquellos que pusieron la investigación de la psique (“alma”, en griego) en el núcleo gravitatorio de la historia y sus convulsiones cíclicas.

Para comprobarlo, basta transcribir un párrafo. Por ejemplo: “No marchamos rumbo a un mayor individualismo, sino que estamos convirtiéndonos en una civilización de masas manipuladas cada vez a escala más grande. Un número relativamente reducido de gigantescas empresas ha venido a ser el centro de la máquina económica y la dominará totalmente en un futuro no muy distante. La alianza entre las empresas privadas y el gobierno es cada vez más estrecha al grado que nunca ambos miembros de esta alianza han sido menos discernibles. El año 2000 puede no ser la culminación rotunda y feliz de un periodo en que el ser humano luchó por la libertad y la felicidad, sino el principio de una era en la que el hombre cese de ser humano y se transforme en una máquina sin sentimientos y sin ideas.”

Fromm murió en 1980, tras varios infartos. Empezó abrazando las tesis de Freud, pero pronto se dio cuenta de que el psicoanálisis ortodoxo era insuficiente para explicar la crueldad de la que es capaz el ser humano y las enfermedades mentales que trastornan su conducta.

Su gran aportación a las ciencias humanas fue aunar las tesis del psiquiatra vienés con las de Karl Marx. Mezcló agua con aceite. Y era lógico que lo hiciera: Freud quería liberar al ser humano de su prisión interior; Marx, de la prisión social, económica y política (cultural, en suma) en la que todo ser humano debe desarrollarse desde que nace.

En la ingente obra científica de Fromm, fruto de la experiencia directa con pacientes aquejados de neurosis (por cierto, no se asusten: la condición humana hunde sus raíces en la neurosis) y de sus extraordinarias dotes como observador de la realidad capitalista, resulta tarea ardua destacar un libro por encima de otro. Pero sin duda “La revolución de la esperanza” ocupa por derecho propio un lugar singular.

“Nos encontramos ante una encrucijada”, escribió en el prólogo. “Un camino nos lleva hacia una sociedad completamente mecanizada, donde el ser humano será el desvalido diente del engranaje; el otro camino conduce a un renacimiento del humanismo, a una sociedad que ponga la técnica al servicio del bienestar del hombre.” No se equivocaba.    


1/6/13

LA PESADILLA DEL OFICINISTA

La historia demuestra una pugna feroz entre la servidumbre y el trabajo dignificante, entre la propiedad privada y los derechos compartidos, y entre los intereses del poder y el interés de la comunidad.

La "democracia social" supuso el débil intento de poner fin a esta rémora histórica, pero se ha impuesto otro modelo de relaciones económicas y sociales (en suma, un modelo cultural) menos humanizante, porque se basa en que la libertad es objeto de tutela con mayor rigor y eficacia respecto de las ficciones jurídicas, esto es, las llamadas "corporaciones”, ya sean de naturaleza económica, política o híbrida. Como consecuencia directa los derechos de las personas de carne y hueso, especialmente en el ámbito laboral, sufren un proceso de creciente deterioro.

En este contexto de neoliberalismo puro y duro, los instrumentos de intervención "en" la economía no sólo se reducen, sino que se pervierten. Responde a esta estrategia la des-regularización de derechos sociales (por ejemplo, la descabellada propuesta del Banco de España de establecer salarios por debajo del umbral mínimo interprofesional). 

También responde a esta estrategia el manejo de la política fiscal y monetaria con fines de favorecer al gran capital y desnutrir al Estado (ambas políticas deberían servir para redistribuir la riqueza, asegurar servicios públicos y cohesionar el sustrato social).

Por tanto, lo único que percibimos los integrantes de la clase media-trabajadora es que nuestros impuestos crecen y seguirán creciendo, y nuestros ingresos decrecerán y seguirán decreciendo, pero no para invertir en un mejor Estado sino para pagar la deuda descomunal que el propio Estado ha creado con sus políticas. 

Resulta un sarcasmo que a esta situación la llamemos "Democracia avanzada". (Habrá que recordar, con mucho pesar, que dicha expresión tan feliz es la proclamada por el Preámbulo de nuestra Constitución. Pobre ser humano: nunca su acción está a la altura de su retórica.)

Convengamos que si queremos hablar de avances es imprescindible referirse al factor “velocidad”. Observemos, entonces, que la diferencia básica entre la política -tan aferrada a las sedes burocratizadas y al juego sucio- y el mercado –no menos embarrado, pero sí más flexible, nómada y disuelto en el ambiente-, radica en que éste se mueve mucho más rápido que aquélla. Tanta es su rapidez, que el efecto letal que provoca no es el de adaptarse a los tiempos, como muchas voces autorizadas describen erróneamente, sino adaptar los tiempos a sus insaciables exigencias.

Esta poderosa capacidad de regir los destinos ajenos (=sociales) para justificar y preservar el destino particular, implica una estrategia exitosa y muy ladina: infiltración en las venas de las instituciones democráticas que fueron concebidas para establecer límites al egoísmo humano.

¿Conclusión? En el fondo, el mercado descree de la democracia pues ya no la necesita. En su fase actual, que es menos crepuscular que antaño y, por ende, más peligrosa, ya sólo cree en sí mismo. Tal es su megalomanía, que el resto del planeta le importa sólo en la medida del provecho lucrativo que puede obtener mediante su explotación más o menos encubierta.

Dicho cuanto precede, me voy a la cama. Soñaré que soy esclavo. Esta será mi pesadilla. Si lo desean, pueden compartirla. Es gratis.

28/5/13

109 EGOÍSTAS

Hace tiempo que vengo notando que algo raro le sucede a mi pensamiento. De mi mente, incluso de mi memoria, están borrándose las ideologías. En el vacío resultante aparecen ideas embrionarias, imperfectas, probablemente erradas. Pero podría decirse que soy un poco más libre. También más temeroso y más consciente de que el temor proviene de haber averiguado el lugar donde se cuecen los peligros.

Cada semana, al anochecer, tomo asiento frente a la pantalla luminosa de la computadora y escribo estás líneas. En la tarea, toda la realidad abrumadora se confabula contra mi serenidad. Y, entonces, la blanquecina irradiación del monitor contrasta con tantos fuegos y espinas, con tanto asunto “turbio”, un adjetivo que hoy ha utilizado un compañero de trabajo, letrado y funcionario como yo, mientras comentábamos un caso y las sentencias dictadas al respecto. La palabra se ha quedado grabada en alguna parte de mi psique, recobrando ahora su virulencia.

Turbios son los tiempos. Y turbios los parlamentos de esta democracia nuestra que agoniza. El otro día alguien argumentaba que las organizaciones sociales (partidos políticos entre ellas) no son las personas que las conforman y desempeñan puestos de responsabilidad pública. Discrepo radicalmente. ¿Acaso un hospital, por ejemplo, no depende de la ejecutoria de sus miembros? Las organizaciones son productos culturales y está ciego quien no ve que, como las personas, mueren si no se adaptan. Si no son honestas.

Turbio es el parlamento de esta Andalucía maltratada de señoritos y catavinos; esta Andalucía de nuevos amos por decisión popular y de un pueblo invertebrado que se ha dejado domesticar. ¿Ilusiones perdidas? Digámoslo sin rodeos: no están perdidas; están deshechas.

Ciento nueve escaños componen el hemiciclo regional repartidos entre IU, PSOE y PP. Me temo que los ocupan ciento nueve egoístas. ¿Y a qué se debe tanto egoísmo reunido?  ¿Falta de escrúpulos? ¿Des-cerebramiento? ¿Golfería? ¿Neurosis extrema? ¿Psicopatía aguda? No. Es más simple: política acaparada por ineptos de diferente condición, pero muy sagaces todos con su intachable carnet de militante.

Porque provoca estupor, vergüenza y abatimiento que el parlamento andaluz, con los votos favorables de los diputados socialistas, haya decidido recuperar las pagas extras para sus señorías mientras los empleados públicos no paran de sufrir recortes salariales. Hay organizaciones que fermentan en su propia excrecencia. No permiten otra alternativa racional que marcharse y evitar el contagio.

Lo de “marcharse” es una metáfora, claro está. Aún sigo aquí, como tantos otros, observando, padeciendo, combatiendo en lo que puedo esta realidad transeúnte plena de acertijos y con todas las respuestas a nuestra disposición: el egoísmo humano es el adversario y sus raíces también crecen en las izquierdas.