1/8/11

LA SANTA MADRE

Escribí mi primer artículo a los catorce años. Fue publicado en el diario Área. El recorte debe andar archivado por alguna carpeta junto a otros escritos de mi adolescencia. Como el texto de hoy, versaba sobre la intransigencia de los católicos. Por aquel entonces el asunto fue el escándalo (insulso) que provocó la proyección de una película que desmitificaba la virginidad de María, la madre de Jesús. Ahora es una fotografía que evoca al mártir descendido de la cruz. Fue captada mientras el actor Asier Etxeandía se sometía a maquillaje antes de salir a escena para representar La Divina Comedia, de Dante. Está desnudo; el cabello cae sobre sus hombros, profuso, graso y desmadejado. Tiene la tez macilenta de los moribundos y una profunda herida de lanza le atraviesa el costado. Pero en lugar de sudario, un crucifijo cubre los genitales.

La publicación de esta imagen sirvió de espoleta y la directora del Festival de Teatro de Mérida, la actriz Blanca Portillo, se ha visto forzada a dimitir de sus funciones. En una entrevista declara haber recibido presiones indirectas que provenían del gobierno extremeño y del ayuntamiento.

Todo creyente en una deidad puede gozar de cierta tranquilidad psíquica. Pero fiar la responsabilidad sobre el propio destino a la promesa de un más allá paradisíaco y a la absolución de los pecados cometidos mientras se vive, constituye una fórmula perfecta no sólo para redundar en el error y no hacerse cargo de sus consecuencias, también sirve para imponer una cosmovisión homogeneizante (por tanto, unilateral y enajenada) del mundo terreno.

Esto es típico de la neurosis cuando sus raíces se hunden en la necesidad de idolatría, vale decir en la dificultad de regir la vida sin aferrarse a la trascendencia, del signo que sea. El vacío de la existencia resulta difícil de soportar. Precisamos arneses que nos ayuden en la amarga tarea. Y creamos a los dioses. Y los veneramos. Que venga alguien a criticarnos, a caricaturizar al ídolo, a desprestigiarlo o extraerlo de sus cánones inmarcesibles mediante herejía supone tanto como enfrentarnos a la posibilidad de que nuestras certezas sean humo, evanescencia, y las creencias que juzgamos férreas meros adornos de una arquitectura mental falsificada.

Pero ha de prevalecer el respeto por la neura ajena. Esta premisa vital se comprende, se adhiere a tu piel, si tomas contacto con la neura que va contigo y con nadie más. Los dioses no apaciguan a mis demonios interiores. Ni aplacan mi sed. Y sin embargo ¿quién soy yo para convencer a nadie de que abjure de su fe gritando con dolor que los dioses son la invención más colosal de la debilidad humana? ¿Quién es nadie para obligarme a profesar fe alguna en entes abstractos o en santos espectros, superiores a mi conciencia?

A todos nos igualan la ignorancia, los deseos, sus oscuras motivaciones, la precariedad. Ambos, el apóstol de deidades y yo, el deicida, anhelamos la respuesta definitiva a la pregunta esencial: ¿acaso somos únicamente seres para la muerte? Eso somos: químicamente puros, emocionalmente imperfectos. Y si de herir sensibilidades se trata, ¿qué decir del ominoso silencio del Vaticano ante el genocidio racial en Ruanda? ¿Qué decir cuando compruebas que Mein Kampf, el libro de Hitler, nunca figuró en el Índice de textos prohibidos por los dicasterios de Roma? ¿Qué decir de los abusos sexuales perpetrados en colegios cristianos? ¿Basta el cinismo como respuesta y todos en paz?

1 comentario:

Bárbara dijo...

Sabes qué me encanta,tu vehemencia.....
permiteme que lo comparta en mi muro...
te dejo un besazo!!
y los comentarios,ya te los hice por el chat!!!
buen..miércoles para ti!..
Bali