25/9/11

LA BELLEZA

Nos preguntamos: qué es la belleza. ¿Por qué nuestra mirada selecciona lo hermoso y lo entroniza, y en cambio el deterioro sufre destierro? Nunca he visto un mausoleo que fuera hórrido; estricto en su forma, sin duda; sepulcral en su silencio, seguro. Pero rara vez su arquitectura me pareció inspirada por la fealdad. Entre los muchos reversos que tiene la belleza, y que ésta trata de paliar, ocultar, se haya la muerte. Esto aclara el hecho de que la mera intuición de lo hermoso nos incite a crear, a dar vida, con el fin -consciente o no- de neutralizar la tremenda certeza de que somos seres en trance de extinción. 

Compleja, versátil, proteica, la belleza no es el cuerpo en que se materializa. Qué belleza tan vulgar y frustrante aquella que sólo es estructura de piel. Pues aunque sin un cuerpo no puede haberla, salvo en el caso excepcional de la música, es la belleza, ante todo, querer que las cosas nos lleguen muy hondo, como si se tratara de aplacar un hambre tan antigua como la propia edad. Tan insaciable como el respirar.

La belleza es conmoción y no conoce límites. Su esencia radica en la promesa de que lo bello lo será para siempre. Y eso le basta para obtener nuestro embeleso. Nuestra obediencia. Tal promesa de eternidad, además, se cumple: cuando se desgasta, la belleza muta de escenario y se reproduce sin cesar, en otro cuerpo, en otra contemplación, época tras época.

¿Pero a qué obedecemos? ¿Qué clase de dictado secreto ordena la belleza, que nos atrapa? En su oscura matemática se haya la inquietante respuesta: nada nos parece bello si no provoca la necesidad de su posesión. Así de placentera y fruitiva es la belleza. Y así de asesina, porque nos convoca, sin piedad, a perpetrar el acto agresivo de usurparla, apropiarnos de ella y no compartirla.

La belleza nos ha subyugado siempre. Es por definición tirana y esclavizante. De tanto afanarla nos condena a bregar con lo horrible que hay en nosotros. Porque nosotros no nos vemos ni nos sabemos bellos, tal es la secular tragedia humana. Vagamos por el mundo huérfanos de belleza, sedientos de ella. Avariciosos.
Y es que en algún momento, quizá cuando más protección necesitábamos, hemos forjado la ilusión maldita de que tras lo hermoso nos aguarda la perfección y la felicidad. Insana y poderosa cualidad la del desamparo: para vencerlo y sobrevivir nos hace imaginar la belleza suprema, totalitaria, esa que no se resquebraja y siempre nos alimenta.

Por eso hay en toda belleza algo extraño, insensato: el sentirnos vivos en el sufrimiento extremo de su ausencia. Agazapada en la sublime imagen de lo bello, nos carcome poco a poco una carencia, una insatisfacción muy temprana que agrava nuestro existir y que convierte la beldad en perturbación. Y sin embargo, no hay vida sin belleza, al igual que sin dolor no hay arte, sino su disimulo o caricatura.

Así las cosas, ¿es todo catástrofe ante el imperio monumental que la belleza ha erigido? Tal vez no, pues hay otro secreto. Si somos capaces de reconocer y admirar lo que resulta bello, se debe a que la hermosura también la llevamos dentro, aunque no lo parezca. Cada cual es precursor de una belleza única: la suya, la de nadie más, imposible de encontrar en las afueras, allá donde no hay más que otras bellezas tristemente vacías, disfrazadas de vanidad.

1 comentario:

Bárbara dijo...

Somos efímeros...,la belleza es sólo vanidad cuando es vacía...
por eso la medida de espíritu necesaria para que algo te agrade,es exactamente la medida del grado de espiritu que tenemos!!
beso José!!